Es la imagen la reproducción de una
reproducción; hecha postal la adquirí en un sitio que visito asiduamente en la
ciudad de León, está regentado por Don Antonio Suárez Gordón, licenciado en
arte, calígrafo e ilustrador. Un artesano. El establecimiento se llama “El
escribano” y se define no como una tienda, sino como un scriptorium.
Si se fijan con detalle verán que el
escribano parece manejar el cálamo con la mano izquierda, cosa poco admitida en
tiempos pretéritos. La persona zurda estaba considerada una figura casi
demoníaca, tanto que se obligaba a la infancia que tuviera esa tendencia a
enmendarse a las bravas. Castigos, palizas, miembro izquierdo atado a la
espalda, eran los “pedagógicos” métodos para “curar semejante desviación de la
naturaleza”. Los psiquiatras nos han hablado de las dolorosas e imborrables consecuencias
de tales métodos.
No hace tanto de eso, las escuelas
del franquismo seguían pretendiendo curar el vicio. No se olvide que
“sinister”, izquierda en latín, terminó siendo en castellano “siniestro”, aun
cuando la evolución fue un tanto contradictoria; así como “mores sinistri”
refería costumbres viciosas, con la superstición acontecía al contrario, el
vuelo de la alondra a la izquierda era un buen presagio para un romano, (liquido
auspicio, avi sinistra).
El actual presidente argentino usa
la palabra zurdo a manera de insulto para referirse a quienes no piensan como
él. Mal camino, operar solamente la mano derecha nos deja mancos mentales.
Otras personas, sin embargo, asociaban a estas personas con la genialidad; si
rebuscas un poco verás una larga lista de personajes destacados que se
manejaban mejor con la izquierda; actrices famosas, guerreros y deportistas
varios; músicos de la talla de Bach o Beethoven; pintores tal que Van Gogh y
Picasso, o personajes difícilmente encuadrables, como el muy admirado Leonardo
da Vinci.
El mundo de los scriptoria, escritorios
medievales, es admirable. Durante mucho tiempo casi tenían la exclusiva para
copiar textos. Antes de la imprenta cada libro se debía reproducir a mano, -según
el experto que luego cito, a razón de dos o tres folios/día-, lo que, unido a
los carísimos materiales empleados, los ponía lejos del alcance popular.
Pero también hacía falta redactar
documentos políticos como leyes, actas de gobierno o crónicas; y eran
necesarios profesionales que fijaran los acuerdos matrimoniales, las
compraventas o cualesquiera otros documentos comerciales. Hubo, por
consiguiente, a partir del año 1300 escribanos civiles, según cuenta
recientemente en la prensa local Adrián Vega [i]. Nos narra la historia de
un Cristóbal, de Mieres, escribano de profesión, que trabajó para clérigos y
laicos en diferentes circunstancias en los tiempos de 1492, cuando otro
Cristóbal decía a Isabel I que las cosas claras mejor por escrito antes de
salir para las Indias.
Cuenta Vega el estilo del mierense y
se pregunta si fue escritor o solamente copista. Tenían los transcriptores
mucha responsabilidad, bajo sus manos quedaba reflejar con exactitud los tratos
o reproducir exactamente los libros. En la literatura española se pueden leer
abundantes bromas sobre su fiabilidad; por ejemplo, en “Fray Gerundio de Campazas”,
donde se cuentan las hazañas de un escribano que llegó a un pueblo tranquilo,
“pero al año, y no cabal, ya ardía en pleitos”. Alentaba las riñas para luego
cobrar por las mediaciones, en incluso “era muy franco en dar testimonios, aun
de aquello que no había visto”, de modo que cuando dejó encargadas sus honras
fúnebres a Fray Gerundio, señalaba doscientos reales de limosna para el orador,
“en atención al trabajo que ha de tener cualquiera pobre predicador en hallar
de qué alabarme”
A propósito de la pulcritud en las actas
y de la exactitud en las copias de libros quiero compartir con nuestros amables
lectores una divertida anécdota que debo a unos afables galos. Es el caso que
hace unos años, gracias a Delia y Manolo, del Ateneo Republicano de Castrillón,
acompañé a la delegación de Piedras Blancas que cada año intercambia visitas
con Eyssines, población francesa con la que está hermanada.
Eyssines está cerca de Burdeos, se puede
aprovechar para visitar Arcachón, -paisaje y ostras-, o Saint-Emilion, -vinos
de prestigio-. La hospitalidad de los indígenas nos llevó a la casa de dos
hermanos muy comunicativos, uno de los cuales siguió escribiéndome, vía correo
electrónico, durante bastante tiempo. Una de las divertidas anécdotas que me
refirió se titulaba “Et
voilà comment les erreurs se transmettent” (De
qué manera se transmiten los errores)
Un joven novicio llega al monasterio y
se le encarga que trascriba las reglas y normas de la comunidad. Él hace la
observación al Prior de que no es procedente el método que usan, se están
haciendo reproducciones de copias, cuando debería ser de los originales; se
corre el riesgo de que cualquier pequeño error anterior siga repitiéndose por
los tiempos.
“Nosotros venimos haciéndolo así desde
siglos, pero es una anotación interesante, hijo mío; desde mañana procederé a
revisar yo mismo los textos primigenios”. A la mañana siguiente el buen Padre
Abad desciende a las profundidades del subsuelo, donde son cuidadosamente
conservados los manuscritos y pergaminos originales. En siglos nadie ha puesto
aquí los pies, los sellos de los cofres están intactos.
[i] “El
códice de Mieres, la conquista de otro Cristóbal en 1492”. Vega Adrián. LNE, 23
diciembre 2024
He recibido un comentario de Antonio Suárez Gordón, del establecimiento leonés al que se hace referencia en el artículo; matiza: "Este escribano no es zurdo, siempre son retratados con un cálamo en la derecha y una cuchilla, una navajita en la izquierda".
ResponderEliminarGracias por la preción. Entre los instrumentos que contenía "el recado de escribir" había siempre un pequeño cortaplumas que podía servir tanto para afilar el cálamo o la pluma como para raspar los errores o manchas en el pergamino.
EliminarEn todo caso en el texto se dice "parece manejar el cálamo con la mano izquierda". Ese "parece" nos libra de pecado.