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El Divino Felipe González y los habanos del Señor Trevín

 



Hoy se celebra el cumpleaños de la Constitución, a los fastos oficiales no acudirá la extrema derecha, asunto que no va a preocupar, verbigracia, a los de Calahorra, más atentos a la clasificación a cuartos de la selección de fútbol. Fallida, por cierto.

Dicen algunos que el texto constitucional fue la señal de normalización democrática en España, después de la sangrienta cuarentena de Franco y sus secuaces. Creo más bien que el verdadero hito en este sentido fue la llegada al gobierno del PSOE en octubre del 82. Mayoría absoluta de un partido sociológicamente de izquierdas, sin que los sables herederos de la Dictadura volvieran a repetir el frustrado, apenas un año y medio antes, -y nunca bien aclarado-, golpe de estado del 23-F.

La dirección socialista había abrazado la Constitución como base de futuro, incluso, pese a su programa republicano de toda la vida, izó la bandera monárquica, “porque antes lo había hecho el PCE”. Sólido argumento, pardiez. Al igual que poco antes había suscrito los Pactos de la Moncloa para intentar silenciar a una clase trabajadora que desde la muerte del dictador no había cejado en su empeño de mejorar las condiciones sociales.

Los gobiernos de la derecha habían usado el Boletín Oficial del Estado para defender a los del dinero, era de esperar que los socialistas se acordaron de los del trabajo, pero pronto cayó la venda de los ilusionados ojos proletarios: Desmantelamiento de la siderurgia, la minería, el naval…Cambio inmediato del Estatuto de los Trabajadores para contarnos esa mentira habitual, “flexibilización del mercado laboral”; es decir, camino hacia el despido libre.

Primer ataque en serio a las pensiones, dineros para la enseñanza católica, venta de empresas públicas productivas, favores a los amigos, trampas para financiar el partido…Las peores maneras de la caverna policial: asesinatos de los GAL, cal viva sobre cuerpos torturados; todavía el exministro Barrionuevo, -diez años de cárcel por secuestro-, defendía esas opciones como legítimas, “era una guerra, no podía decir nada a los que disparaban desde mi lado, aunque se equivocaran”.

Y la OTAN. Una de las mayores manipulaciones con que nos han castigado. En el mismo año 1982, Calvo Sotelo, gobernando a la cabeza de una Unión de Centro Democrático que se diluía, nos incorporó a la Alianza. González habló de no integrarse en la estructura militar, y su partido dijo, “De entrada, no”, posiciones ambiguas que avisaban de peores medidas. Efectivamente, a convocatoria del gobierno PSOE, el 12 de marzo de 1986 se realizó un referéndum que, por poco margen, decidió la entrada de España en el brazo armado del imperialismo yanqui. La noche de cierre de campaña, en horario de mayor audiencia, en la primera cadena de la televisión única, el Divino González echó el resto, para convencer a sus seguidores que la OTAN o el caos. Pagaba a sus fiadores internacionales y cumplía su bravata: “Esto en una aparición en tv lo arreglo yo”.

Otro excelentísimo señor, Don Javier Solana de Madariaga, había escrito “50 razones para no entrar en la OTAN”, pero entonces solamente era ministro de Cultura; luego pasó a Asuntos Exteriores y parece que encontró su militar camino de Damasco, porque salió del cargo directamente a ser secretario general de la Alianza Atlántica.



Otra mayoría absoluta, cautivas y desarmadas todas las opciones a su izquierda, vendría a elevar al líder sevillano a los cielos electorales. Los romanos terminaban convirtiendo en dioses a sus emperadores; tenían tal capacidad de previsión política que, como se puede ver en el Museo Vaticano (foto de portada), ya la Antigüedad tenía preparada la estatua del Excelentísimo Señor Don Felipe González y Márquez.

A nadie debería extrañar su evolución política hacia el Olimpo, en estas semanas de conmemoración de los cuarenta años de la llegada al gobierno (que no al poder, no se olvide), escribía un buen acólito, también excelentísimo señor, que es vocal del Consejo General del Poder Judicial, ese órgano ilegal que manda a los jueces. Don Álvaro Francisco Narciso Cuesta y Martínez fue secretario de actas del primer Comité Federal celebrado después del gran éxito, 7 de noviembre de 1982. Dice el acta que dijo Felipe:

“Nuestro partido, desde una apreciación de clase trabajadora, está defendiendo una política interclasista, de superación de la lucha de clases, de mayoría social…”

Unos días antes escribía otra notoria figura, Antonio Ramón María Trevín y Lombán, que fue alcalde de Llanes, municipio en el que quedó una extraña niebla urbanística, que incluye a su sucesora y algún concejal ante los tribunales y el caso del Hotel Kaype (aumentado con permiso municipal ilegal y derribado por la justicia) que no le costó la quiebra al Ayuntamiento de milagro. La CUOTA, máximo organismo de control urbanístico, suprimió las competencias municipales durante años.

Fue presidente del Principado, heredando el cargo de Rodríguez-Vigil, dimitido tras el escándalo del Petromocho; a feo comienzo peor final, le cupo el dudoso honor de haber sido derrotado por el PP y dejar como sucesor al único gobierno de derechas que esta tierra ha tenido. Su partido lo colocó sucesivamente como Delegado del Gobierno en Asturias, y diputado en Cortes, de donde salió hacia una empresa privada captadora de subvenciones, y no a su oficio de maestro, como correspondería.

Pues bien, mientras sus compañeros hablaban de política, mientras quienes vivimos de nuestro trabajo nos preocupamos del precio de la luz, o de la carestía de las provisiones, él ponía el foco en un artículo de primera necesidad: ¡El precio de los puros habanos!



Emocionante, ver a tan ilustre prócer preocupado por tan pavoroso aspecto de la inflación. Para redondearlo, escribe el 7 de noviembre, cuarenta años de la misma fecha en que Álvaro Cuervo anotaba el Comité Federal, recordando su presencia como interventor en la mesa de Pría (Llanes) donde en 1982 vigilaba las votaciones. Si no estoy mal informado, se había afiliado al PSOE ese mismo año, al siguiente ya era concejal. ¿Cuál es su recuerdo fundamental de aquella histórica jornada? La paella que comieron los componentes de la mesa.

(Dicho sea en voz baja, cerrando ilegalmente las puertas del colegio electoral. “Si llega alguien le pido por favor que espere un poco”, tranquilizó el presidente de mesa).

 Cuentan las abuelas que en estos atribulados días del siglo vigésimo primero, todavía de tarde en tarde se les aparece, recién bajado de su altura olímpica, el Divino González; para iluminar a la desorientada raza hispana en su proceder político. Sin pararse a distinguir entre poseedores y desposeídos, porque su ideología no entiende de desigualdades; a cambio de aquellos que no llegan a final de mes, él ha superado las clases sociales. ¡Salve, inefable!

 

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