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Burgos, a pie

 


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Había prometido contarte qué se me había perdido en Burgos; aunque hayan pasado dos meses, cumplo lo ofertado. Otras ocupaciones me han alejado del teclado del ordenador. Por cierto, que hace un momento me ha retrasado una llamada de un número de teléfono de Barcelona, desde el que una persona que apenas hablaba castellano me intentaba convencer de que “su computadora tiene un problema grave que debo resolver”. Es un timo, claro.  No es la primera vez que llaman, si tengo paciencia charlo un rato con el operador, para su desesperación; la última vez, desde una centralita extranjera, la que llamaba para solucionarme un peligroso virus terminó preguntándome, “¿pero tienes computadora?”. 

Bueno, a lo que iba. Estuvimos en Burgos de nuevo, porque la hija presidía un tribunal de doctorado y aprovechamos el viaje. Es un orgullo ver a la niña a la que, con seis años, enseñaba cuatro palabras mal contadas en inglés llegada a filóloga con publicaciones de prestigio internacional. Evidentemente la raza mejora, afortunadamente. Aunque quizá no tanto si observamos que el sapiens del monumento, gasta la misma talla de sombrero que su versión actual, una 59; no parece que aumente el cerebro.



Los años se suceden sin que veamos al género humano progresar. No me parecen comparables, como cuenta el doctorando, las justas literarias medievales con las batallas de gallos raperas. Otrosí, al lado mismo de las estatuas a la Evolución, celebraba Comisiones Obreras un recuerdo de una mítica asamblea del año 1976; comparando las fotos de ayer y hoy, -de miles a decenas de espectadores-, aparece bien clara la desafección a los sindicatos, sin embargo, los discursos parecían congelados en el tiempo. Ni una sola palabra autocrítica, “somos los mejores y son otros los malos”. En fin…



Hasta por la catedral pasan los siglos, y cumple ocho; es menester dar un repaso a los paramentos de vez en cuando. Ha quedado magnífica. Como suele ser habitual, el Erario gastado en edificios de propiedad particular; la Iglesia sigue cobrando la entrada. Me parece bien ayudar a mantener los monumentos, pero cuando a la par son negocio, ¿qué tal si el dinero de todos no se deja a fondo perdido sino en préstamo? Con garantía hipotecaria cuando el importe lo exija.



Hablando de negocios, el comercio de Burgos tiene también ejemplares históricos, me alegra ver entre ellos a quienes tratan en libros, una debilidad desde pequeño. Hijos de Santiago Rodríguez, en la calle Avellanos, 4, afirma ser la librería más antigua de España. Santiago Rodríguez Alonso tenía 21 años cuando la fundó (1850), como editorial, taller de impresión y comercio librero; él mismo escribió algunas de las publicaciones. Usaba, como se solía entre los escritores decimonónicos, un gran sentido pedagógico, así que el logotipo era la diosa Minerva y su lema “La escuela redime y civiliza”.



Su hijo, Mariano Rodríguez Miguel fue el primer presidente de la Asociación de Periodistas de Burgos, instituida el 20 de septiembre de 1916 con 33 miembros. Se financiaba con obras de teatro y toros, para dar cobertura médica y farmacéutica a los socios. La librería sigue en manos de la familia con Mercedes Rodríguez Plaza, quinta generación; del primer local en Laín Calvo pasó a la Plaza Mayor y luego a la dirección actual, al lado de lo que siguen llamando la Plaza de Capitanía, aunque sea oficialmente Alonso Martínez. Pesan los años de plomo.

En otra visita anterior pude felicitar a Álvaro Manso III porque la Federación de Empresarios de Comercio había distinguido a la Librería Luz y Vida, con el Premio Comercio Excelente 2018. Los tres palitos indican que es el tercero de los del mismo nombre y apellido, desde el fundador, en 1948. Siendo ese año y con ese nombre no es difícil deducir que estaba orientada a las publicaciones religiosas; el segundo gestor amplió horizontes, y el actual ha añadido la perspectiva de centro cultural y la gestión de la librería del Museo de la Evolución. La imagen, prestada de la Caja Rural, muestra a los dos últimos Álvaromansos.



Ahora bien, mi favorita, sin ninguna duda, es un hermoso revoltijo de libros, postales antiguas, prensa y alguna cosa más, que toma el nombre del obligado paseo burgalés, Librería del Espolón. En la puerta se ven las fotos de uno de los fundadores y de la fachada original; se llamaba entonces El Papa-Moscas.



“¿Por qué lo del Papa-Moscas?” “Ontañón, el fundador, era una especie de agitador cultural de aquellos tiempos; abrió en 1907. El señor que ve usted en la fotografía es nuestro abuelo, Canales, que se quedó al frente del negocio en 1935, cuando su compañero tuvo que huir de Burgos”. Doy por supuesto que la huida fue “por motivos de salud”. Asiente. “Ahora nos turnamos mi hermana y yo”.



El nombre Papamoscas, que ahora ha pasado a un restaurante próximo a la plaza de la catedral, corresponde al autómata de un reloj de la nave central que desde el siglo XVI deja boquiabiertos a niños y mayores, citado en muchos autores, aunque me quedo con las estrofas populares:

Desde esta ojiva elevada
contemplo la gente loca
que corre apresurada
para verme abrir la boca.
Y que contentos me miran
sin cansarse de esperar;
a los listos y los tontos
los engaño de verdad
.

Por las circunstancias sanitarias que conocemos ha estado cerrado el Museo del Libro Fadrique de Basilea, que alberga la editorial Siloé, un sueño loco de Juan José García y Pablo Molinero para reproducir en facsímil los viejos códices, usando los materiales y las técnicas más parecidas a los originales. Fadrique fue un impresor del XV asentado en Burgos durante más de treinta años que creó escuela. De su taller salió, por ejemplo, la primera Celestina.

Está el Museo en la travesía del Mercado; unas columnas más allá, Plaza Mayor adelante, se encuentra la Sombrerería Teodoro. Entro para poder jubilar el viejo sombrero que imita paja, comprado en la Fira de Calviá por diez eurazos; me atiende una señora muy amable, que se ríe de la chatarra que traigo puesta. “¿Eres la hermana de Ignacio?” Cara de sorpresa; luego ya me va contando, “Estamos aquí desde 1877, yo represento a la cuarta generación”. Salgo con el chapeau ya puesto, me ha explicado que tiene la ventaja de la flexibilidad, muy útil para llevar en la maleta.



Ignacio Fernández de Mata es doctor en Antropología Social, decano de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Burgos; me ha regalado alguno de sus textos; mi preferido es “Lloros como puños”, que relata el drama de los hechos desaparecer por la represión franquista y los sufrimientos de sus familias. Seguimos en deuda con todos ellos.

El sombrero jubilado se queda en la cabeza del sapiens que mira y camina hacia el Museo de la Evolución Humana, una notable institución científica. No le dura mucho en la cabeza, desconozco si él mismo lo arrojó al río, descontento por ser usado o algún ciudadano agobiado por el poderoso sol castellano prefirió beneficiarse del regalo.



Debo hablar acerca del Diario de Burgos, que el primero de abril ha cumplido 130 años, -otra empresa con solera-. En primera la noticia de un fuego intencionado junto al Castillo, con las viviendas al lado. Vándalos. Me queda ante la vista la página con noticias de hemeroteca. “Burgos hace… 75 años” hablaba de las insignias de las Medallas del Trabajo para Juan Yagüe Blanco, que serían compradas por el pueblo burgalés, si bien se limita cada aportación a “sólo” dos pesetas. ¡Quién las tendría en 1946! Una medalla al trabajo parece una condecoración extraña para un teniente general, aunque quizá no tanto si se recuerda su apodo, “el carnicero de Badajoz”. Jefe de vándalos. Su pueblo soriano sigue llamándose, deshonrosamente, San Leonardo de Yagüe.



Diario de Burgos es de los pocos resistentes en papel en Castilla la Vieja; tiene formato y tipografía agradable, contenido variado. Por su redacción han pasado plumas de peso, aunque también ha sido soporte de maniobras políticas y económicas cuando menos dudosas; ya se sabe que el que paga manda. Un ejemplo de lo que no debe hacerse: en un artículo sin firma, achacado a “agencias”, informa de que la señora Belarra ha pedido el fin del Concordato con la Santa Sede y que se saque la religión de las escuelas. Noticia correcta. Sin embargo, la anónima mano redactora no puede resistirse y afirma reiterativamente que el partido morado “obvia la labor que durante siglos han realizado y realizan las instituciones eclesiales tanto en el ámbito educativo como en la ayuda a los colectivos más necesitados”. O sea, sin dar la cara nos cuela en la noticia su opinión; suspenso en la Escuela de Periodismo, sobresaliente en el Obispado.




Me quedan muchas cosas en el tintero. La gastronomía, por ejemplo, con productos honrados por doquiera que uno coma. No sería el mejor representante, pero añado las fotos del Café España, porque ha cumplido cien años, tomadas cuando no había clientes pese a la desconfianza (¿para qué son?) de un dueño que no gasta energías en sonreír.



O la cultura popular, fuertemente arraigada, que brilla en las fiestas de los pueblos, en las bodas, en los bautizos, o se manifiesta en ocasiones en el Teatro Principal…Bueno, otro día, si eso; espero volver pronto a pasear de recién amanecido por las apacibles riberas del Arlanzón. Aunque no será ya verano y camino de Lerma, en Madrigalejo del Monte, ya no estará La Cantineta con sus hamburguesas de primera especial, manipuladas por Manuel & Lucía, con el asesoramiento técnico de Isabel.




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