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Encierro. Beneficios penitenciarios.


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Como nos hemos portado bien en estos dos meses de encierro, el Gobierno nos relaja la pena, nos otorga unos ciertos beneficios penitenciarios, si bien hay que pernoctar en el sitio habitual. En algunos casos, por mal comportamiento reiterado, no tendrán permiso, y eso ha hecho que salgan a la calle los señoritos, portando unos instrumentos hasta ahora desconocidos para ellos, llamados cacerolas. Un tutorial difundido por la Red les orienta: “Todo sobre las cacerolas. ¿Qué son?, ¿cómo manejarlas sin hacerse daño?, ¿dónde las guarda el servicio?”.

La Policía no ha salido a preguntar si sus señorías se encontraban bien, pese a que no cumplían la normativa sanitaria. Sin embargo, a los periódicos afines al Barrio de Salamanca les ha molestado que una manifestación en Pamplona pidiera la libertad de un preso en huelga de hambre.

Ya se sabe que hay internos e internos; el ex ministro del PP Rodrigo Rato y otros ladrones, como los de Convergencia, no suelen estar mucho tiempo entre rejas, sin embargo, los otros son terroristas y. claro, no pueden ver la luz. Por cierto, ¿gritar “rojos a la cámara de gas” no es apología del terrorismo?

Desde el inicio de las medidas especiales me han venido a la mente las personas que sufren cárcel, sea en establecimientos penitenciarios, sea en las prisiones encubiertas en que han devenido los Centros de Internamiento de Extranjeros. Excepcionalmente, un futbolista de los de cobrar millones, se acordó de los de abajo, para expresar la misma preocupación. 

El hacinamiento, la falta de visitas, la ausencia de medios de prevención de la enfermedad, no solamente para los funcionarios-, hacen un polvorín de los centros de reclusión. Apenas han aparecido noticias de revueltas en las cárceles españolas, sí en otros sitios; ya se sabe que eso pasa lejos, Venezuela, Colombia, Palestina y similares.

En España algo habría pasado, si tenemos en cuenta que el director de la cárcel de Asturias habla de tranquilidad en su centro, “no como en otros”. Puesto en contacto con amistades y familiares de encerrados, me han llegado noticias, -apenas difundidas en prensa-, de problemas en Galicia, en Valencia, en Alicante; una huelga de hambre y sed en Murcia II, una revuelta de 300 presos en Ocaña, un aislamiento en El Puerto de los que protagonizaron una protesta…Al final también aparece un incidente en Asturias y El Mundo habla de la mitad de internos contagiados en Estremera (Madrid).

La pensadora Martha G. Nussbaum habla de que cuando queremos despreciar a alguien le quitamos la titularidad de ser humano, lo reducimos a la animalidad. En la Edad Media se discutía si las mujeres tenían alma, los dominicos tuvieron que decir al rey de España que los indios eran humanos que merecían ir al cielo, en su lugar se llevaron esclavos negros que eran tratados como las bestias de carga, los nazis pensaban que los judíos sólo valían para transformarlos en jabón, los gamberros del fútbol hacen el grito del mono a los jugadores africanos, a la par que  dice Victoria Braquehais que los negros del Camerún no consideran humanos a los pigmeos La foto de portada, tomada en El Salvador, es suficientemente ilustrativa, tampoco los presos son considerados de la especie humana, al parecer. Publicada en toda la prensa estatal, nadie se escandaliza de semejante trato a personas; desnudas, amontonadas como carne de matadero, obligadas a bajar la vista ante sus torturadores, sin respeto al peligro de contagio…Al fin y al cabo, son miembros de las maras.

O no. En estas redadas masivas caen en ocasiones seres desprevenidos “que pasaban por allí”. Y en todo caso, un ser humano tiene derecho al respeto hasta cuando se equivoca. Recuerdo recientemente una poco amable discusión en la tertulia matutina de la Radio del Principado de Asturias en la que tuve que defender la presunción de inocencia de unos “terroristas” detenidos en Cataluña. No habían cometido ningún atentado, pero “tenían materiales susceptibles de construir explosivos”. Como cualquiera de nosotros; en nuestro domicilio tenemos productos con los que se construirían bombas caseras, pero en mi casa el pequeño recipiente de gas es para alumbrar y cocinar cuando salimos de camping, y el alcohol de farmacia sólo se usa para desinfectar heridas o, como mucho, para limpiar las plumas estilográficas.

Aquellos detenidos fueron puestos en libertad sucesivamente, sin que los titulares les hayan devuelto la honra. Hace unos días leo otro caso similar un ciudadano que no ha actuado ni se sabe si algún día lo hará, pero la policía estima que es muy peligroso. ¿Se nos puede detener por la intención que un guardia afirma que tenemos? Ninguno de nosotros está libre de las arbitrariedades del sistema.

Estos desequilibrios del ámbito penal no preocupan mucho a los que han aprendido que en su casa hay cacerolas, hasta ahora solamente usadas por sus criadas filipinas; al fin y al cabo, a ellos no se les aplican. Sin embargo, son ellos los que salen a la acera gritando "Libertad"; ellos,  votantes, militantes, actores y financieros del partido que implantó la Ley de Seguridad Ciudadana, por mejor nombre Ley Mordaza, diseñada expresamente para que no nos pudiéramos quejar de sus tropelías financieras, y que pretendía dejar sin argumentos las denuncias por maltrato policial. 

Hace unos días, un juez o jueza, resolvía que una pelea con un guardia fuera de servicio formaba parte de la legislación civil y en absoluto podía interpretarse cono atentado a la autoridad. Exactamente así debe ser; te recuerdo que unas hostias entre ciudadanos bebidos en un bar de Alsasua fueron tildadas de terrorismo. Vienen tiempos duros. Nos pretenden sumisos, calladitos. Ni siquiera es un problema de educación democrática, es que lo quieren todo. ¡Pues no!


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