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Sentimientos invisibles. El círculo mágico


Todo comenzó en mi decimotercer cumpleaños, cuando al soplar la vela, deseé que nunca se apagara. Fue mi primera decepción, había ideado el plan al milímetro: si la vela no se apagaba, el cumpleaños nunca terminaría, y podría ser un niño para siempre; pero fracasé. Aquello me marcó, era la primera vez en mi vida que realmente deseaba algo, y todos decían que podías pedir un deseo en tu cumpleaños… me sentí profundamente engañado, y prometí que jamás volvería a creer en la magia.
Este cuento ha aparecido en el nº 30 de la revista "Sentimientos invisibles", León julio 2017. Su autor, Jorge Ramos, es responsable de la edición, también en papel, de la publicación “El silencio es miedo”, en la ciudad de Palencia. El dibujo de cabecera es de Camino Fdez. Viejo.
A los 23 años, tras finalizar mis estudios de animación sociocultural, por puro despecho me convertí en mago. La llama del odio ardía con fuerza en mi interior, y para poder soportarlo cada noche ejecutaba mi mejor truco: desaparecer entre el humo, y aparecer al día siguiente con esa sensación de impasividad que otorga la resaca de hachís.
Siguiendo con mi carrera como mago apócrifo, y en honor a los más grandes, los tres Reyes Magos, a los 25 me transformé en camello. Pero no era un camello cualquiera: sabía hablar, y tenía los mejores precios. Además, el subterfugio era tan bueno que solo los iniciados podían reconocerlo, y era capaz de pasearme por la calle transformado en animal sin que la gente corriente me reconociera… hasta que un día uno de mis trucos salió mal, y terminé en prisión. Comprendí en ese momento que no era tan bueno como pensaba, y que debía aprender nuevas artes si quería llegar a ser un gran brujo.
Tras cuatro años como ilusionista en el penal de La Moraleja, ensayando el número del buen chico, me redujeron la condena por buena conducta y me consagré al ejecutar la gran obra de liberarme de los grilletes. Entonces, decidí volver a las raíces más puras de la magia, recuperar la esencia ancestral de este bello arte y homenajear sus respetados orígenes chamánicos; además, cultivar setas alucinógenas era muy fácil y no había legislación al respecto. Fueron buenos años, obtuve una estabilidad poco conocida en el mundo de estas “profesiones libres” y pude dedicarme a la introspección, aumentando mis poderes de forma considerable, hasta el punto de que no solo yo podía transmutar, si no que también podía convertir a otros seres humanos en mulas y camellos. Todo un logro, al alcance de unos pocos privilegiados, del que me sentía profundamente orgulloso, aumentando ese fuego interior que me daba la fuerza para seguir creciendo e iluminando con mi rabia todo cuanto tenía a mi alcance.
Casi sin darme cuenta, y gracias al poder que emanaba de mi joven corazón herido, había desarrollado habilidades alquímicas, y cada día convertía el plomo de las balas de mis acólitos, en oro que llenaba mis arcas. Al descubrir estos sortilegios, no pude dejarlo ahí, mi titilante voluntad exigía de mi ego que desarrollara al máximo ese potencial, y construí varios laboratorios en donde practicar nuevos encantos que aumentaran el dominio con que humillaba a esa magia traidora que no había escuchado mis suplicas. Hallé así un nuevo mercado para mis conjuros, el de las drogas de diseño, y mi dominio de lo esotérico alcanzó entonces su máximo exponente. No había hechicero sobre la faz de la tierra que me hiciera sombra.
Y curiosamente, como pasan las cosas en la vida, cuando me encontraba en la cima de mi éxito, ocurrió lo impensable: un famoso mago, de los de verdad, actuaba en la ciudad. El rencor me dominó, y no pude evitar llenar el evento con mis chicos, para que la gente pudiera decidir quién era el más poderoso de los dos. Pero los inquisidores decidieron tomar parte en aquel momento, y aparecieron por todas partes con sus mantos azules y sus varitas reglamentarias: la mayoría de mis adeptos habían aprendido a volar y a desaparecer, pero uno de mis discípulos cayó en la redada. El chaval, que tenía 13 años recién cumplidos, dio el soplo e inmediatamente me apagué.
En el mundo etéreo, volátil, del Internet, "Sentimientos invisibles" se empecina en salir cada mes impresa en papel. Una revista para tocar, para compartir, para disfrutar. Para leer, para dibujar, para escribir. Si quieres participar en ella, recibirla o apoyarla, hazlo a través de la dirección:


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