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La ONCE no sabe contar




La señora monja se asustó con el petardo. Miró para el perro guía, que también se había sobresaltado, y de repente cambió de actitud; unos segundos antes había rechazado el panfleto que le ofrecían, firmado por CC.OO, en el que se explicaba qué hacía allí aquella tropa de ciegos, declarados en huelga. Es como si hubiera encontrado su camino de Damasco; se puso a hacer fotos a diestro y siniestro, con estilo torpe, pero sin pausa, como si necesitara contar a alguien la historia de la manifestación.
Cristina le firma un autógrafo a Chus Pedro
Habíamos salido de la estación de buses de La Felguera; los propios asistentes se pagaron el transporte a escote. Jueves, 10 de diciembre, todos los puestos cerrados, hoy no hay cupón; y a las 11 concentración en La Escandalera. Cuando llegamos saludé a Chus Pedro (Para quienes me leen fuera de Asturies: cantante asturiano archiconocido); Cristina y Javi quisieron salir con él en Facebook. “Hay que apoyar estes causes, ho”, me dijo. Después llegó Manolo Orviz, cabeza de lista de IU. Nos saludamos; me pareció bien ver a ambos interesados en el asunto, sin embargo ya no me pareció tan bien que se agarraran a la pancarta de cabecera; como gesto electoralista es torpe, la manifestación era de otras personas, ellos deberían ir entre los seres anónimos que ayudábamos. Claro que otros ni se tomaron la molestia de acudir; UGT no se queja siquiera, el presidente del Comité de Empresa gana más sentado en su despacho, -cerca de la directora regional-, que vendiendo cupón, y no pasa frío. El PSOE andaba en otras historias, lo suyo es “la alta política”; los líderes de Podemos no habían despertado…


…Y eso que ya estaban desde bien temprano los bomberos dando la matraca delante del palacio de la Junta General, como suelen. Se quejan de que no tienen medios humanos suficientes y cualquier día habrá una desgracia. Los fuegos de finales de mes les están dando la razón; ciento treinta focos, muchos de los cuales llevan una semana ardiendo, un muerto y cuantiosos daños materiales y ambientales.
A sus petardos ruidosos se sumaron los del  colectivo de agentes de la ONCE y la charanga, con dulzaina y tamboril, llegada desde Madrid; está todo el mundo hasta las narices. Dicen los directivos que las ventas son insuficientes, presionan a la plantilla para que consigan el mínimo de 210 € diarios y amenazan por escrito a quienes no llegan, paso previo al despido. Si la vendedora acude cada mañana a su puesto, si cubre escrupulosamente el horario, si atiende al público adecuadamente, ¿es baja voluntaria de rendimiento? A la par han abierto otros canales de distribución como estancos o gasolineras Repsol, y negocian con grandes almacenes y hostelería. Es decir, competencia por doquier para la propia plantilla, que se ve reducida a diario. “Cuando yo trabayaba yéramos n’Asturies seiscientos y picu vendeores; ahora, añu y mediu después, queden apenes quinientos”, me cuenta un sindicalista veterano, -afiliado a UGT, por cierto, pero aquí, donde debe-.  Recientemente se han cerrado delegaciones, con la pérdida de servicios profesionales y sociales para los asociados, que se quejan (ese es otro debate) de que ya hay más gente con otras disfunciones que ciegos. La ONCE ha sido condenada por la Inspección Provincial de Trabajo de Madrid; considera probada la presión sobre los agentes para que trabajen fuera de horario, sábados, domingos y festivos para aumentar la producción.
El artículo 87 del Convenio Colectivo califica como falta muy grave la disminución continuada y voluntaria del rendimiento.
En este contexto no es de extrañar que a la plantilla se le suban a la garganta los gritos contra Miguel Carballeda y el resto de dirigentes; los de la calle Campomanes espiaban detrás de los visillos la concentración de doscientas cincuenta personas ante su puerta, mientras la imagen de Mariano Rajoy, simbólicamente, miraba para otra parte.
Evidentemente, la dirección de la ONCE no sabe contar; al día siguiente la prensa local decía que el paro “había afectado apenas a 22 trabajadores”. Solamente en el Valle del Nalón había 25 personas en huelga. Pero no es esto lo peor, pretenden hacer creer que si las cuentas no cuadran es por el descenso de ingresos, y ello se debe a bajas de productividad. 




Vamos a analizarlo:Si una empresa entra en pérdidas puede deberse tanto a la escasez de ingresos como al exceso de gastos; de este capítulo no hay noticias. Segundo, ¿cuál es la causa real del descenso de ventas? Es evidente que hay una híper inflación de juegos de azar, a los que ahora hay que añadir las nuevas modas de apuestas deportivas, incluso de bingo, por Internet; tampoco se le oculta a nadie que el efectivo en los bolsillos del público ha disminuido seriamente. La ONCE debería comprobar si no ha puesto en la calle demasiados productos, si los precios son los adecuados y si ha analizado bien el emplazamiento de los puestos; en mi barrio, en un radio de cien metros hay cinco quioscos, más agentes a pie, más los que visitan los bares de la zona.


Por último, cuando aumentan sin miramientos el número de puntos comerciales están señalando su ignorancia en materia económica; las ventas no pueden aumentar indefinidamente, ésta política es incluso perjudicial. Existe una bonita teoría que hace tiempo deberían haber estudiado: La Ley de Rendimientos Decrecientes; dijeron sobre ella que “no es la Ley de la Gravitación Universal, pero se puede observar por doquier” (Samuelson, premio Nobel 1970). También es objeto de trabajo del último premiado en Economía, Angus Deaton, que advierte acerca de que para abordar graves políticas económicas, “primero debemos entender las decisiones individuales de consumo”.
Para ayuda de quienes en la ONCE analizan el mercado les pongo un ejemplo agrícola, habida cuenta de que David Ricardo empezó explicando la Ley con el programa agrario en el XIX. Si usted tiene, un suponer, un campo de fútbol, -que viene a ser una hectárea de tierra fértil-, y contrata a una persona para que lo plante de coliflores, tendrá un rendimiento interesante; si contrata a dos, posiblemente suban producción y calidad, pero si pone a trabajar a diez la cosa empezará a dar problemas. Y si mete, permítaseme la broma, a mil, no solamente no crecerán los beneficios, sino que terminarán abriéndose las cabezas con las azadas.
O sea, aumentar el número de puntos de venta no necesariamente genera más beneficios, tendrán además los costes de distribución y las devoluciones; la cantidad de dinero que los consumidores dedican a juegos de azar no va a aumentar considerablemente, de manera que sean más austeros y procuren que su personal siga trabajando con alegría, que es el verdadero motor de ventas. 
Yo no tengo ningún interés de comprar cupones en El Corte Inglés, prefiero tomar el pelo a Javi, que los vende aquí, debajo de casa, aguantando frío y calor, y que no esconde tres millones de euros a Hacienda (qué más quisiera él), como la familia Areces Galán. ¡Aunque no me dé un premio, el puñetero!




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