No
terminaba de entenderlo. Fui preguntando a gente que sabe más que
yo de estos asuntos. Una señora de Asturies, un señor de Lleida, más próximos a
la centena que a la noventena de años, habían decidido dejar de hablar en
castellano, era como si no lo recordasen. La gente me dice que es bloqueo por
los sufrimientos de la guerra, la emigración forzosa, la terrible postguerra…Puede
ser.
La
Red Republicana nos invitó a ir a Montauban, con motivo del 75
aniversario de la muerte de Azaña, el 3 de noviembre; acudí en calidad de
vicepresidente del Ateneo Republicano de Asturias, junto al presidente de
honor, Paco Prendes y los compañeros Faustino Álvarez y Antonio Cuervo;
agradable compañía. Yo no sabía mucho de
Azaña, no le había prestado interés, la verdad; sin embargo hay algo en lo que
todo el mundo insiste cuando habla de él: su sentido ético, suficiente para
dedicarle atención en una España que parece haberlo perdido, más cuando la
palabra que oigo repetir, relativa a esos años, con mayor frecuencia es “respeto”.
Nos
concentramos ante el Collège Manuel Azaña, que guarda una
exposición sobre el último presidente de la República, pero no muestra la bandera
tricolor, que molesta al cónsul de España. Sin embargo la mañana ha despertado soleada
y ventosa, ideal para exhibir los pendones en el exterior; tremolan orgullosos
en manos de los hijos y los nietos de quienes tuvieron que emigrar. Nos
abrazamos particularmente con los asturianos, cuyos apellidos llenan las
lápidas de estos cementerios; el central, donde haremos el homenaje, pero
también el de Les Chaumes, que tiene al lado el Jardin du Souvenir, para liberar las cenizas, si se quiere. Allí está, por ejemplo, la familia Pereiro, que
procede de Vega, el lugar de La Felguera donde está la estación del viejo Ferrocarril de Langreo; de ahí procede la tía de Josefina, la que no sabe
hablar español, que para recordar me recita la lista de estaciones en el
sentido Gijón-Laviana: “Carbayín, Tuilla et coment dit on…” Vega” “¡Vega, comme
ça!”. Rodolfo Rubiera procede de San Miguel de Arroes, salieron todos sus
antepasados por pies, solamente quedó una tía, con una vida difícil; cuando
murió hubo listos que intentaron levantarse sus propiedades, “Sólo pudimos
salvar la casa”; uno de sus recuerdos es que, al llegar para arreglar papeles,
el cura intentó descorazonarle, “Usted es indeseable aquí; de España sólo se
fueron los malos”.
Varios centenares de personas caminamos desde el colegio
hasta el cementerio, donde se realiza el acto de homenaje, al último presidente
de la Segunda República. En el camino sigo charlando con los hijos del exilio;
hablo con los de Angoulême acerca de Alfonso Zapico y les explico su última
obra, la novela dibujada sobre Octubre 34; no parecen conocerle, uno de ellos
hace una consulta telefónica, “¡Ah, sí hombre, Alfonso!” “¡Pues ése!”
Carmen Negrín |
Me
cuesta trabajo sacar fotos sin cruces católicas.
Sobre la propia tumba de Azaña, ateo declarado, hay una; su mujer era creyente.
Con la religión tienen que ver las primeras noticias que yo recibí de este
hombre; en la escuela no nos hablaron de la República ni temas parecidos, pero
un insigne presbítero aseguraba que pidió confesión. Los testimonios de las
gentes que nos acogieron por aquí cuentan como el obispo de la zona quiso
llevar el cadáver por la catedral, al otro lado de la acera del Hôtel du Midi,
pero en la plaza estaban los republicanos, que lo evitaron llevándole en
hombros hasta el cementerio. Otra batalla tuvo lugar con la bandera (¡de
nuevo!); las autoridades francesas no estaban de acuerdo con que llevara la
republicana, los exiliados españoles no admitían la franquista, así que al
final fue cubierto con la de México, país que le mantuvo una escolta hasta ese
mismo momento. En el acto de imposición el cónsul mexicano dejó una frase para
la historia: “Para nosotros un honor, para los españoles una esperanza, para
Francia una vergüenza”. En el cementerio flores, discursos, banderas,
fotos…Entre los oradores la nieta de Negrín, Carmen, que cuenta como su abuelo,
primer ministro, y el presidente, tenían muy serias discrepancias sobre la
estrategia bélica a mantener (resistir o negociar), pero ello no era óbice para un
mutuo respeto y una relación de amistad.
El
antiguo Hôtel du Midi no ha perdido el encanto de un viejo establecimiento de
provincias, aunque ahora pertenece a la cadena Mercure. Conserva el
mismo número en la habitación de Azaña, el 101; saliendo de ella al pasillo se
ve la catedral y la plaza. Comedor luminoso, donde me encuentro el caso de la
familia ilerdense, en la que el padre ha olvidado el castellano y la hija me
pregunta qué régimen hay en España. “Monarquía” La señora que come a su lado se
lo aclara, “¡Lo ves, como en Marruecos!”. Sin embargo el comandante Robert, en
silla de ruedas, con dificultades de
expresión, no ha olvidado el “Santa Bárbara” y se enfada porque no saben la
letra.
Pasillo a la 101 |
"Santa Bárbara" con el Comandante Robert |
Pese al trato celebran el 14 de julio |
Comento con un nieto de exiliado cómo se puede producir
el hecho de esta mañana, las dos personas que tienen olvidado el castellano, no
entiendo que se pueda olvidar la lengua materna. Me repite la tesis del trauma,
y me lo ilustra con dos ejemplos. En Nueva York hablaron con un niño de la
guerra que había salido de España con once años, por tanto la lengua
consolidada; se le olvidó totalmente, al parecer por los sufrimientos. De otra
parte llegaron a su instituto, cuando la Guerra del Golfo, dos iraníes gemelos;
no solamente borraron de su cabeza la lengua, sino todas las imágenes de los
años de angustia.
Llamarlo
el Campo de los judíos ayuda a despistar. Parece como que fuera obra
de otros, los alemanes, para masacrar a un pueblo dudoso; pero en Lalande,
cuatro casas, apartado del mundo, se alambraron los campos para sujetar a los
soldados del ejército regular español con el fin de que no volvieran al campo
de batalla; para facilitar el triunfo de los golpistas de Mola, Queipo del
Llano y Franco. Después vinieron los judíos; unos y otros, indeseables, fueron
llevados a centros de exterminio más eficientes. La señora que fuma en pipa, que antes
sujetaba con orgullo la bandera con manos enguantadas de blanco, llora
desconsoladamente, el señor que fuma en pipa intenta consolarla, “Cherie…”,
pero también él se viene abajo. Pregunto por qué, “en este campo está enterrado
su padre”. En el campo; no hay lápida.
Parler
juste. Hemos oído la frase durante todo el día; nos la
traducen como “hablar justo”, pero realmente no se refiere a la justicia, sino
a la necesidad de usar los términos con precisión, es decir, “hablar con
propiedad”; así nos insisten en que ellos no usan la expresión “guerra civil”,
sino “alzamiento militar”. En la Gare de Barredon vemos la expresión física, la
placa de la fachada tiene tres cuerpos, por el color colocados en años
diferentes, en el inferior se lee, “campo de concentración”. “No estaban de
acuerdo con esta denominación, no gusta a los franceses, algunos se dieron de
baja de nuestra asociación; pero Lalande no fue un centro de acogida, fue un
presidio donde murieron muchas personas por trato indigno, un verdadero campo
de concentración”. La propia estación fue construida en medio de la nada para
que los vecinos de las poblaciones cercanas no vieran la llegada de los trenes
de los exiliados españoles, que iban luego caminando durante doce kilómetros y
pico hasta los barracones de Lalande, suelo de paja, con sólo tres paredes,
abiertos al frío por uno de los lados, para mejor control de los
sospechosísimos soldados. Cada doce de marzo una marcha popular recuerda sus
sufrimientos.
El Centre d’investigation et
d’interprétation de la mémoire de l’Espagne républicaine ha hecho un gran
esfuerzo para comprar (sí, comprar) la estación; la ha convertido en un centro
de exposiciones didácticas a las que acuden los colegios de la zona. Incluso ha
adaptado un viejo vagón-cama a modo de modesto hotel.
Para
quienes no recuerdan. Es saludable volver a estos sitios, sentir
el corazón como una alpargata ante los alambres de espino, para no olvidar que
los españoles fuimos exiliados políticos, y que nos dejaron morir de hambre y
de frío los dirigentes de otros países, mientras las buenas gentes de los
pueblos nos daban sus mantas y la leches de sus vacas; ahora que Europa no
quiere acoger a los que huyen de las bombas que nosotros mismos fabricamos para
engordar a costa de su hambre.
Actos
en Asturies. El Ateneo Republicano no solamente delegó
en nosotros para ir a Montauban y en el Ciudadano Presidente para asistir a las
jornadas del Ateneo de Madrid, sino que organizó sus propias actividades, en
colaboración con el Club de Prensa del diario La Nueva España. El día 30 de
noviembre, con la amable intervención de Luis M. Piñera, responsable del Club,
se proyectó la película “Azaña, cuatro días de julio” (Santiago San Miguel, 2008), que procuró a su protagonista, Jordi Dauder, el premio Sant Jordi al mejor
actor. Hicimos la presentación Nacho Fernández Castro y yo mismo.
Repetí mesa el 5 de
noviembre, esta vez acompañado por Paco Prendes, presidente de honor del Ateneo,
de verbo cálido, que arremetió contra el actual estado de corrupción por
contraposición a los valores éticos republicanos, y por el historiador y entusiasta ateneísta
Ernesto Burgos, que se dedicó a desmontar los cuentos malévolos, -muchos de
ellos venganza de clérigos y militares-, sobre Azaña, a quien considera uno de
los gobernantes más íntegros de la historia de España.
Epílogo:
¿Cómo se puede olvidar el idioma materno? He seguido dándole
vueltas al problema. Últimos acontecimientos locales me han dado una posible
respuesta, la asturiana y el señor de Lérida no olvidaron más que la lengua
culta, la de la escuela, la de los invasores; ellos, en su casa, con la madre,
hablaban de otra manera. El castellano
era el idioma de los que vinieron a aporrear a las puertas (qué volen aquesta gent, que truquen de
matinada?) para llevarse (¡tiráronlos
al pozu, de nuechi siéntense quexase!) al padre y a los hermanos mayores,
que siempre les habían expresado su cariño en asturiano y en catalán. En
asturiano y catalán seguirán pensando, amando, y soñando con que los nietos no
volverán a sentir la aviación sobre sus cabezas.
El Hotel du Midi lo alquiló Luis I. Rodríguez Taboada como sede alterna de la embajada de México para asilar en él al presidente Manuel Azaña. Podemos decir que al morir allí, en un espacio que oficialmente era de México, murió en México, no en la Francia fascista.
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