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When I’m sixty four





Por fin lo he conseguido. Después de seis años en la escuela unitaria y otros seis de enseñanza secundaria, bajo la premisa de la letra con sangre entra llevada a rajatabla; después de un examen de ingreso en el Bachillerato, dos reválidas, un curso preuniversitario, por si no hubieran bastado controles trimestrales y anuales; después de tres años en la Escuela Normal del Profesorado de E.G.B. donde me enseñaron que un buen maestro debe hacer exactamente lo contrario de lo que nos dijeron; después de tres millones de cursos, cursillos, simposium y stages en empresas multinacionales, rematados con diplomas para los que no me queda pared suficiente; al fin lo he conseguido: ¡No soy nadie!
Esa felicidad de no tener más compromisos que los que uno voluntariamente adquiere, de no verse obligado a sonreír a quien no lo merece, de escoger con quien toma una botella de sidra, y de no tener más objetivo que cumplir que el de ir envejeciendo con dignidad junto las personas a quienes se estima, explicando sus experiencias a quien las quiera oír. ¡Vita beata!
Es curiosa la necesidad de etiquetar. No hace mucho, a invitación de mis buenos amigos del Ateneo Republicano de Asturies, participé en una mesa redonda en Gijón en la que pude acometer contra el siniestro Wert y sus planes deseducativos. Me quejaba de que intentaba cargarse las Humanidades, quitar la Filosofía, al tiempo que nos colocaba la Religión  (católica, desde luego). Vine a decir, para escándalo de algunos familiares, que “se quiere sustituir la Ciencia y la Razón por cuentos y leyendas”. La prensa lo usó como titular y, no sabiendo cómo catalogarme, me llamaron “profesor universitario”; pido perdón por ello, aunque no fuera mi culpa, a tan distinguido gremio. Pero el asunto no quedó ahí; uno de los oradores, edil él, se dirigió a mí para preguntarme si yo era concejal del Ayuntamiento de Langreo. Cuando le dije que no quedó dubitativo, quizá tuviera otro cargo: “¿Entonces…?” Se  lo dejé claro: “Nada, yo no soy nada”. Como mucho, -para regocijo de Mariol-, me presentaba, en las charlas acerca del libro de las Marchas de la Dignidad, como “un chaval del Barriolpilar”. Lo fundamental es “qué” se dice, no el rótulo de quien lo dice.
Hoy, primero de octubre, era en mi infancia festivo. Yo vacilaba a los amiguetes diciendo que se celebraba el día que mi madre me soltó en el Barrio. Por Cesárea. La inmensa mayoría de los chavales nacíamos por Cesárea; no era que operaran a las madres porque fueran incapaces de cumplir con la misión de su sexo y condición, sino que se llamaba así la matrona. Digo que vacilaba, pero la fiesta no era por eso, y bien que lo sabía, por la escuela; se conmemoraba el Día de la Exaltación de Su Excelencia el Generalísimo a la Jefatura del Estado. Así, con mayúsculas. Luego me enteré que, como en tantas otras cosas, nos mintieron, porque el Decreto tal era del 29 de septiembre, en Burgos; tampoco me importó mucho, porque era el día de San Miguel y porque a mí qué más me daba que Franco se exaltara, tan viejo que era ya desde joven.
Y sobreviví hasta esta fecha que en mil novecientos sesenta y siete parecía tan lejana, cuando murmuraba con Lennon When I’m sixty four; ahora ya solamente ansío degustar una botella de vino (Birthday greetings bottle of wine) en la buena compañía de la mujer que me ha soportado, que me ha ayudado, que me ha amado durante los últimos ya casi cincuenta. Sin embargo, no aspiro a alquilar una casa de campo en Wight, -nómada de mí-, ni a ver nietos en las rodillas, ni a quitar las hierbas del jardín, -el trabajo es sagrado, no lo toques-, ni a felicitarla por San Valentín (Will you still be sending me a valentine). Yo soy más de Sant Jordi, ese que tenía espada y un caballo muy valiente para pelear con dragones, y en cuya fecha se regalan rosas y libros. Por eso tiendo más a tararear  Els vells amants, producto del mismo año

I per Sant Jordi ell li compra una rosa
embolicada amb paper de plata.
I per Sant Jordi ell li compra una rosa
mai no ha oblidat aquesta data...

La semana pasada conocí exactamente a su representación física. Sentados en un banco entre dos palmeras, en la playa del Postiguet, en Alicante, viendo salir el sol. “Llevamos aquí desde las cinco de la mañana; venimos todos los días, ya nos saludan los de las máquinas” Luego un paseo y él se va a bañar; como no puede entrar en el agua con el bastón se agarra a la maroma que señala la entrada  de embarcaciones. Ella le lleva luego la toalla y pasean otro poco y charlan con la gente. “Los hombres son…Ayer se ha metido…” “Mujer, si hace buena mar” “Ya, pero es que tiene noventa y tres años y se cree que…Si le han  quitado el carné…” “Mujer, no hace falta que conduzca” “Ya, pero como es tan…Le decía al médico, venga, venga conmigo y verá cómo conduzco”
Tiene el aspecto de la Abuelita Paz, la de los tebeos, y seguro que la abuelita Paz hablaría con esta dulzura, con la que se dirige a Lola, la perrita que llega a la playa en bicicleta, en una cesta con sombrilla; y con la señora que recoge las papeleras, que sabe por ellas, -bendita Estadística-, que el fin de semana ha sido muy bueno, de gente. Y se van, sin prisa, como han llegado; mañana volverán a saludar el sol de levante, sin más miedo que el día se presente nublado.
I pels carrers s'han perdut els amants.
No tenen por, no tenen pressa.
I pels carrers s'han perdut els amants,
amb una flor i la seva tendressa...
 


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