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Ramiro, en casa.




No se creía cuando le comenté lo del icono; el pijama a rayas, las domésticas pantuflas, eran el contrapunto, en las noches de la Marcha de la Dignidad, camino de Madrid, a los materiales modernos de alta montaña, que llevaban las juveniles huestes astures. Ramiro en pijama es el más alto símbolo de la paz. En veintidós días aprendimos mucho; uno de los maestros, -en conducta, en saberes-, fue este madrileño, reconvertido en leonés, con tozudez más propia del páramo aragonés y con capacidad de sorna langreana; es decir, un internacionalista.

Un martes, de manera sorprendente, nos comunica que se ha puesto en huelga de hambre, (¡El cabrón, sin contar con nadie!), nos faltó tiempo para estar a su lado. ¿Qué había pasado?, lo que tantas veces hemos tenido que soportar, que de una manera injusta le suprimen la más que minúscula paga de parado de larga duración, como a 23.000 castellano-leoneses, y cuando va a pedir explicaciones le faltan al respeto. ¡Y eso sí que no!, aparcado ante las oficinas del Ministerio de Empleo, Gran vía de San Marcos, 27, 24001 León, sentado en la banqueta de cocina más vieja de la casa, hace dieciséis días de ayuno, y luego va a Madrid, para que la propia ministra oiga su grito. Un llamamiento en realidad para nosotros, para quienes vivimos de nuestro trabajo, que no nos dejemos quitar lo único que nos resta: la Dignidad. La gente sencilla lo entendió perfectamente, con sus visitas cotidianas personales y, quienes no podían, haciéndole llegar tarjetas postales de apoyo, para sorpresa del cartero.



No es la primera vez. No será la última vez, que este amigo dé señales de irreductible y pacífico resistente, en los tejados de Riaño intentó hasta el último minuto evitar la inundación del pueblo para un innecesario pantano, en Caleao tuvo mejor suerte, aunque ahora vuelven; o la propia aventura del nombre del primer hijo; quisieron ponerle Rayo (de Ramiro y Yolanda), pero en el registro civil dijeron que nones. El niño no existió oficialmente durante un año de lucha, con el Congreso en medio del lío, para cambiar una ley absurda; el asunto acabó en éxito para la familia, que fue cantado por un poeta proletario (otro regalo de conocimiento que me hizo Ramiro: un asturiano del Campu de Casu, Antonio Cortijo) “A un niño llamado Rayo”: Hubo una vez un rayo / y no era de fuego / sino de luz y de niño / que se llama Rayo Pinto.

Siempre que alguien pone en cuestión el Sistema recibe palos; en su físico o en su fama. Vino un autobús de la Columna asturiana a solidarizarse con su amigo y en la esquina de al lado, dando a la Plaza de la Monxina (de la Inmaculada), un valiente sembraba cizaña entre los paseantes: Nada, uno que nunca consiguió ningún puesto y quiere llamar la atención. Cree el ladrón… pensé y le dejé ir; pero a los pocos días una buena amiga, nada sospechosa de murmuradora, me hace llegar el recado de que ya me contará quién es Ramiro. ¡Hombre, caminamos juntos tres semanas!, por muy tonto que yo sea, algo habré observado; a poco relaciono ambos hechos con una columna, absolutamente insidiosa, aislada en la prensa leonesa, en la que se pretendía acusar al huelguista de oportunista y vago. Sé al menos de dieciséis libros, de ensayo, poesía y teatro para grandes y chicos; un serio trabajo, de cinco años de investigación, publicado sobre Renta Básica, representaciones teatrales, un blog, charlas, peleas sociales…si esto es pereza baje Lafargue y lo vea.









Apenas conozco a los hijos, me imagino, por las edades, que sus opiniones variarán entre, “no sabe lo que se hace, el viejo…” y “¡no sabes lo que hace mi viejo!”; sí he tenido el gusto de conocer a Yolanda, que aguanta por los seis, y tiende puentes con la madre (“¡que la tiene contenta!). Yolanda carga con todo, con una sonrisa envidiable, y además se empeña en que vayamos a la casa; a comer, a cenar, a dormir, a vivir…y te encuentras allí con personas que nunca has visto, pero como si las conocieras de siempre. El último viernes de julio tocaba Ágora de la poesía, en el anfiteatro de San Marcos; esta vez no se repartió chocolate, en solidaridad con el ayuno de Ramiro, que hizo el esfuerzo de asistir a la apertura, y así pudo escuchar a Yolanda, recitar, con esa voz dulce y firme, la poesía de Nazim Hikmet sobre su propia lucha:
Hermanos míos
Si no consigo decir correctamente
Lo que quiero deciros
Perdonádmelo, hermanos míos
Estoy algo ebrio, se me va un poco la cabeza,
(No es culpa del licor
Por el hambre, tal vez).


Me asegura Ramiro que para la recuperación se ha puesto totalmente a las órdenes de Yolanda; como no me fío, le pregunto a ella, su respuesta es bien clara, “¡A buenas horas, mangas verdes!” Desconozco si él ha escrito, entre tantas páginas, algo en honor a su compañera; desde la distancia pienso que pocas líneas podrían describir mejor el panorama que las de Pablo Milanés: “Si alguna vez me siento derrotado/renuncio a ver el sol cada mañana/rezando el credo que me has enseñado/miro tu cara y digo en la ventana/ Yolanda, Yolanda…” Eternamente, Yolanda.


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