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¡Qué vergüenza!

Ya se regresa a la actividad normal. Debería haber escrito sobre un tal Ratzinger, antiguo militante de la juventudes nazis que ahora trabaja en Roma, de Papa, que anduvo de visita por Madrid pero su espectáculo tuvo poco éxito televisivo, solamente el 14% de cuota de pantalla. Debería haber escrito sobre la reforma acelerada de la Constitución, que podíamos aprovecharla, por ejemplo, para que el cargo de Jefe de Estado fuera designado por elección y no por cuna.
Hay más cosas en la lista de espera del escritorio, pero he preferido dedicarme a otros menesteres durante estas semanas, que han sido en Asturies de otoño apacible más que de verano, para desgracia de turistas y propietarios de chiringuitos de playa.
Empiezo septiembre con mal sabor de boca: En Buñol la gente se entretiene malgastando la comida, lanzándose tomates a la cara con gran algarabía; ciento veinte toneladas de alimentos destruídas por pura diversión. En Logroño un individuo ahoga a una niña de diez meses para vengarse de una discusión con la madre.
¡Qué vergüenza de especie, la humana!

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